Conde Altea, 53

Valencia

Iris fue una mujer del pasado en el genuino sentido de la expresión. Nació a finales del siglo XIX en las fértiles tierras del sur de Italia, circunstancia que le obligób a afrontar y resolver las dificultades de su tiempo para subsistir.

 

Administraba su familia campesina al más puro estilo meridional: aparentaba aceptar las decisiones de Gaetano, su marido, decisiones que ella ya había tomado previamente con buen juicio y sabiduría.

 

Tres hermosas hijas (Gigliola, Gloria e Italia) colmaron la vida de Iris y Gaetano, pero la belleza y la dulzura de las niñas no podían suplir en las tareas agrícolas el vigor del hijo varón que la pareja nunca tuvo.

 

 

 

Iris junto a sus tres hijas: Gigliola, Gloria e Italia

 

 

 

En aquellos tiempos, la malaria y su fiebre debilitante en la llanura del Sele no perdonaron al enérgico Gaetano; todavía joven, dejó solas a las mujeres: si la vida rural ya era exigente, la situación se hizo insostenible tras la desaparición del padre.

 

Iris ya había logrado sortear las penurias de los años de la Primera Guerra Mundial gracias a la venta de un terreno que le procuró un sustento extra, vital en aquellos años de dramática escasez. De algún modo, encontró una manera de sobrevivir.

 

Para ayudar a la madre, las hijas –casi unas niñas– aprendieron a bordar y a hacer sencillas labores domésticas en las casas de los ricos terratenientes del lugar, pero los magros ingresos que proporcionaban esas tareas no bastaban: vivir dignamente se hacía cada vez más difícil e Iris

deseaba para sus hijas una vida mejor. Iris recurrió entonces a Giacomo Caruso, el lechero al que su marido vendía la escasa producción de leche y queso que obtenía de su ganado: dos vacas y tres búfalas para la leche y un búfalo para la reproducción. Giacomo tenía cientos de cabezas de ganado, pero para no decepcionar a Iris le hizo una oferta.

 

No se limitó a comprar los animales de su antiguo amigo Gaetano. Mejoró la propuesta y le ofreció una cantidad más holgada que la que la mujer esperaba. Se interesó por sus hijas y confesó a Iris que la amaba profundamente desde que se conocieron en la adolescencia, amor que nunca reveló porque Gaetano era su amigo.

 

Dado que la chica a la que habría entregado su vida era ya de otro y que estaba convencido de que solo Iris podría llenar su soledad, Giacomo hizo de la gestión de sus tierras, sus animales y sus productos lácteos su único interés y su refugio.

 

La viudez de Iris y la oportunidad que ella misma había propiciado cuando se dirigió a él para vender sus animales lo indujeron, no obstante, a vencer su timidez y a declararse de una vez por todas.

 

Sorprendida y tratando de ocultar su estupor, Iris le rechazó. No fue por timidez o altivez, sino porque, a pesar de que las intenciones de Giacomo eran honestas, quería arreglárselas por sí misma y sin intromisiones.

 

Curtido ya por su larga espera, Giacomo no insistió y dio un elegante paso atrás. Compró los animales de Iris pagando la suma convenida y la invitó a que enviara a sus hijas al caserío, ya que el desarrollo de la actividad había creado nuevas oportunidades de trabajo.

 

Gigliola, Gloria e Italia aprendieron allí el arte de los lácteos, que practicaban con la pasión y la entrega que les transmitió Giacomo. Los buenos resultados no tardaron en llegar; ellas aportaban inventiva, frescura e innovación al antiguo oficio y se ganaron la estima del hábil quesero, que les alentaba a perseverar y que pronto les daría plena confianza.

 

 

Entretanto, los encuentros entre Giacomo e Iris se vhicieron más asiduos: cuando él transmitía a la mujer que amaba lo orgulloso que estaba de las chicas y las satisfacciones que le daban, los ojos se le iluminaban y apenas podía ocultar sus sentimientos, cada vez más intensos. Tras muchos años de sacrificios y dificultades, Iris se sentía feliz; apreciaba ya sin reservas a Giacomo porque percibía la bondad de sus sentimientos en su mirada y sus palabras.

 

Giacomo acogió a las cuatro mujeres en su granja y rehizo su vida acompañado de su nueva familia. Los tiempos no eran fáciles y él ya no era joven; trató, por ello, de dejar las cosas bien ordenadas para transmitir su negocio sin problemas. Era un hombre previsor.

 

El próspero quesero murió años después y dejó a su amada Iris y a sus hijas, ya adultas, un prometedor porvenir para que pudieran vivir sin ahogos. Inspirándose en la pasión por el trabajo que Giacomo les había inculcado, las chicas continuaron la actividad con esfuerzo y dedicación.

 

Las «tres hermanas», apodo cariñoso por el que eran conocidas por sus numerosos clientes, se convirtieron en una referencia incluso más allá de los confines de su provincia. Hicieron inversiones inteligentes durante los tiempos de la autarquía –los años 30–, aprovecharon la facilidad en los intercambios comerciales y en la distribución e introdujeron las innovaciones tecnológicas que facilitaban la conservación y la mejora de los productos lácteos. El negocio era ya un modelo.

 

La familia aumentó y los descendientes recibieron el legado que dejó Giacomo. Italia no encontró el amor de su vida, pero tanto Gigliola como Gloria tuvieron dos hijas. El único hijo varón de Gigliola, Giulio, recibió la llamada de la fe y se hizo sacerdote.

 

A comienzos de los años 40 el negocio marchaba bien. Iris veía bien encarrilado el futuro de sus hijas y nietos. Desafortunadamente, nadie contaba con el estallido de la Segunda Guerra Mundial,que arrumbó todo un país y su economía.

 

Los pastos y el laboratorio fueron sistemáticamente saqueados por las tropas alemanas y los bandidos. La actividad de la empresa láctea se estancó gravemente. Los animales que no morían a causa de las violentas epidemias desatadas por las precarias condiciones higiénicas y por la imposibilidad de encontrar las medicinas adecuadas se vendieron: la materia prima dejó de existir.

 

En este período de guerra cruenta, las «tres hermanas» se vieron forzadas a interrumpir su actividad, y la amada «botheca» –así llamaban cariñosamente a su laboratorio– tuvo que cerrar. No había otra elección.

 

La posguerra también fue dura y complicada; las mujeres buscaron otros trabajos para sobrevivir. El sueño de poner en marcha de nuevo la «botheca» se desvanecía entre los recuerdos y la melancolía.

 

Hoy, 70 años después, todavía están entre nosotros Gigliola, de 90 años, y Gloria, de 87, para recordar y transmitir su bagaje vital. Dos de sus nietas, Silvia y Daria, y sus dos pequeñas biznietas,Sofía e Hilaria –a las que Gigliola y Gloria han relatado su historia para infundirles el espíritu que animó su actividad en tiempos difíciles–, han decidido recrear aquellas experiencias del pasado.

 

Quieren hacerlo de un modo especial, moderno y actual, buscando nuevos horizontes.

 

Nace así, en Valencia, La Botheca –Italian Folk Food– para dar nueva vida a la herencia de las «tres hermanas»: el arte añejo y magistral de transformar una noble materia prima en mozzarella de búfala. En esta leche está encarnado el testimonio de una vida intensa y aventurera, rica en historias sorprendentes, cuyas protagonistas son y serán siempre mujeres como Iris. Solo ellas saben cómo vivir La Botheca.